La Tía Bo saca un viejo disco rayado y lo pone en la bocina del carrito. Una sola voz, cantando sola, y todo el mercado se calla para escuchar. Dice que esa cantante trabajó en esta calle hace cien años y que nadie le cantó nunca de vuelta. Una noche las canciones se acabaron y empezaron las sombras. Dice que nadie ha vuelto a pronunciar su nombre desde entonces. Y eso, dice, es algo terrible de hacerle a una voz.