Imprime los códigos, escóndelos y la cámara del móvil hace el resto. Los jugadores escanean, recogen, combaten y puntúan. Tú miras la tabla.
Gratis — un sendero, 10 jugadores, sin tarjeta.
Una búsqueda del tesoro donde las pistas son códigos QR. Los imprimes en papel, los escondes o los montas por un espacio, y los jugadores los encuentran y los escanean con el móvil. Cada código abre una carta en el navegador: un monstruo, un mercader, una pregunta, un cofre de monedas. La carta es la recompensa por encontrar el código, y la puntuación es el motivo para buscar el siguiente.
La diferencia con una búsqueda en papel es que los códigos pueden llevar cualquier cosa y la puntuación es automática. Nadie corrige hojas de respuestas al final, y nadie discute quién llegó primero a la fuente: la tabla ya lo sabe.
Todo móvil fabricado desde 2017 lee un código QR desde su propia cámara. El jugador apunta, toca el aviso y ya está jugando en el navegador. No hay descarga ni cuenta que crear.
Un código solo merece la pena porque está en algún sitio. Un aula, una granja, un ala de museo, tres plantas de oficina: la búsqueda la moldea el edificio, no una pantalla.
El papel es barato y un código es un enlace. Imprime una hoja nueva para el siguiente grupo, o deja los soportes montados y cambia la historia cada temporada.
Diez minutos de preparación, casi todos con las tijeras.
Empieza por una aventura ya hecha de la biblioteca, o describe tu espacio y que se escriba una a su medida. Las cartas son las preguntas, los monstruos y el tesoro.
Un PDF, un código por carta, con líneas de corte. Basta una impresora de casa y papel normal: a un código QR le da igual la calidad del papel.
Bajo una silla, detrás de un cartel, en el extremo de una estantería, en un árbol. Donde un jugador pueda sostener el móvil a un palmo.
Los jugadores entran con el nombre de su equipo y escanean. La tabla se actualiza sola, y tú ves qué códigos no ha encontrado nadie.
Los cuatro se aprenden por las malas, casi siempre en el cumpleaños de alguien.
Un código de menos de 3 cm le cuesta a un móvil con poca luz. La hoja ya viene con ese tamaño; encogerla para ahorrar papel es la causa más común de que una búsqueda se atasque.
El reflejo aplana el contraste que necesita el lector. Un código a la sombra se lee desde más lejos que uno a pleno sol.
La carta se abre por la red. Un rincón de sótano sin cobertura es un código que escanea y luego se queda girando. Recorre la ruta con un móvil antes.
Un chaparrón convierte un código de papel en un rectángulo gris. Una bolsa de plástico sirve; una plastificadora sirve mejor.
Empieza por una aventura ya hecha, o que se escriba una a la medida de tu espacio.
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